Como mencionamos en la introducción, el doctor Alberto Taquini (h) estaba preocupado por el impacto del ingreso irrestricto a la universidad. Aunque esta medida había ampliado el acceso a la educación superior en Argentina, también veía que había afectado significativamente la investigación científica, ya que los profesores-investigadores se vieron obligados a enfocarse más en la enseñanza que en la investigación.
Este crecimiento exponencial comenzó a ocurrir en los años ‘50 y, en pocos años, la cantidad de estudiantes aumentó de 80 mil a 200 mil, mientras que las universidades públicas seguían siendo 9. Esta superpoblación, entendía, había redireccionado los recursos hacia la docencia en detrimento de la generación de nuevo conocimiento científico, alejando a las universidades de su objetivo original como motores del desarrollo y fuentes de enriquecimiento para la sociedad.
Las proyecciones para los próximos años eran aún más preocupantes. La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) estimaba cerca de 300 mil estudiantes universitarios para 1980. ¿Qué pasaría si el sistema continuaba igual? Taquini consideraba que había dos alternativas: o se incrementaba el tamaño de las universidades ya existentes o se creaban nuevas instituciones. Optó por la segunda y es así como surge el “Plan Taquini”, una iniciativa que transformó para siempre el sistema universitario argentino.

