Es sabido que los jóvenes hoy circulan e investigan en la nube a través de búsquedas constantes, que muchas veces pueden parecer anárquicas y otras tantas se muestran con objetivos precisos. El saber es un valor que conforma esta nueva sociedad del conocimiento, que prolifera y se expande a través de algoritmos.
Éstos han sido utilizados hace más de 20 años en la PC Deep Blue para que un ordenador le ganara por primera vez a Kasparov en ajedrez, y desde entonces han avanzado sustantivamente hasta lograr algoritmos más complejos que superen en juegos más complejos al hombre, como el GO y el Poker. Este es el camino de la inteligencia artificial que ya se insinúa y pronto estará masivamente en programas de matemática para la escuela primaria.
En la actualidad, a nivel global, múltiples universidades en casi todos los continentes tienen cursos online. Cuando no, carreras o posgrados. Muchas de ellas están yendo a una educación virtual, por diferentes caminos, pero traccionadas por la propia dinámica que impone la realidad. Otras ya son 100% online.
Por lo tanto, es altamente probable que en muy corto plazo la enorme mayoría de las universidades ofrezca este tipo de servicio. De hecho, una búsqueda bibliográfica simple demuestra que ya los alumnos, como complementos de sus carreras o como forma total de estudio, hacen MOOCs o cursos virtuales sobre temáticas de las más variadas.
(Educación Virtual en la Argentina – Interés en Google en los últimos tres años)
(Curva comparativa – Interés proporcional en búsquedas de Google de Argentina y Estados Unidos en los últimos tres años de Educación Virtual/A distancia)
Como referencia, conviene señalar que sobre cinco millones de estudiantes universitarios norteamericanos en 2015, un 30% de estos realizaba cursos parcialmente online o también carreras totalmente online. En la Argentina el número de estudiantes universitarios 100% en carreras online en universidades como Quilmes, la Universidad Católica de Salta, Siglo XXI y Blas Pascal crece aceleradamente.
Hoy tenemos estudiantes globales, que desde los más pequeños y recónditos puntos del planeta pueden estudiar en las grandes ciudades y universidades, pero también a la inversa. El fenómeno es igualmente desafiante como disruptivo.
En verdad, esta idea de estudiante virtual en ciclos más formales, se asienta sobre una experiencia previa, que es la del aprendizaje autónomo y cotidiano. En los jóvenes de hoy esa experiencia se traduce por ejemplo en búsquedas de tutoriales, que se sustentan sobre el conocimiento abierto y compartido; conocimientos que son también de aplicación dentro de una formación personal.
Consecuencia de esto es que los alumnos ya demandan nuevas acreditaciones para garantizar a la fe pública la incorporación de estos logros y, no sólo eso, sino que los recientes estudios demuestran que los estudiantes de estos cursos están dispuestos a pagar por esta acreditación, que tiende a ser internacional.
Ese es el caso de España, por ejemplo, que de acuerdo a un estudio de MiríadaX Lab, el 68% de los usuarios de MOOCs aceptaría pagar más por sus certificados, si estos mismos contaran con una acreditación oficial, ya fuera del Estado o de una universidad.
Los cambios son veloces y ya están en marcha. Las nuevas modalidades, que aún no están dentro de marcos del todo formales, tenderán a encausarse en procesos de acreditación –y por lo tanto evaluación- que permitirán a los alumnos tener trayectorias educativas más diversas y flexibles. Y que demandarán acuerdos de los actores de la educación para estar a la altura de los desafíos.
Me preocupa la lentitud con que las políticas públicas y la universidad argentina se adentra en esta problemática.
Dr. Alberto C. Taquini hijo

